LAS REFORMAS LABORALES EN EL MUNDO EUROPEO DE HOY

traigo varios artículos a disposición de los lectores. Inserto tres breves contribuciones de Vidal Aragonés y una de Baylos, ambos de España. Recuerdo que hubo ya una reforma en 2010 conocida como la modernización del derecho laboral en España, en un libro verde "Modernizar el Derecho laboral para afrontar los retos del siglo XXI" siguiendo las orientaciones de la UE. Ahora soy del criterio que no hablamos de modernizar nada, sino de destruir lo logrado y una vez más, culpabilizar a los trabajadores por no aceptar con total humildad la avalancha de pobreza y de problemas que les viene encima.

Vidal Aragonés : Advocat laboralista. Col•lectiu Ronda 14 febrero, 2012 / 19:21 h
DOCTRINA DEL SHOCK Y RELACIONES LABORALES
Naomi Klein ha acuñado el término “Doctrina del shock” para referirse a la utilización de situaciones contingentes especialmente graves como justificación para la adopción de medidas impopulares, aún cuando resulte dudosa la relación entre las unas y las otras. No es difícil concluir que el concepto resulta tremendamente útil para explicar la asunción de la reciente contrarreforma laboral: situar a las relaciones laborales como supuestas causantes de la crisis y requerir la pérdida de Derechos sociales para la superación de la misma.

La doctrina del shock requiere tenacidad. La necesaria para repetir incesantemente argumentos que, a fuerza de reiteración, acaban siendo dogmas. Citemos algunos ejemplos: el pretendido cese de actividad de las empresas por la supuesta rigidez de las relaciones laborales. Incluso antes del RDLey 3/2012 se posibilitaba con una mínima causa modificar prácticamente todas las condiciones de trabajo; además, ¿alguien conoce alguna empresa que haya finalizado sus actividades por no aceptar los trabajadores modificar sus condiciones?

Así, en relación al desempleo no se realiza una identificación de las que son las auténticas causas sino que se falsean las mismas para convertir a las víctimas en verdugos. Sería el caso, por ejemplo, del falaz argumento de la supuesta falta de formación, que topa con la terca realidad estadística que señala, según datos Eurostat, que casi un tercio de los trabajadores españoles está sobrecualificado, elevándose este porcentaje por encima del 50% si hablamos de la población inmigrante.

Otro ejemplo. Se nos insiste sobre las bondades de rebajar la indemnización por despido a la hora de reducir las insufribles tasas de temporalidad que padecemos. De nuevo, topamos con la realidad. En las sucesivas reformas laborales de 1997, 2001 y 2006 se aplicaron medidas de abaratamiento del despido sin que en ningún caso se alterara significativamente la tasa de contratación temporal. Si en 1997 la temporalidad alcanzaba el 33,51% de los contratos, en 2001 se situó en el 32% y, cinco años más tarde, en el 33%. No sólo no hubo disminución remarcable, sino que la tasa se incrementó ligeramente. El próxima año nos darán cifras de cómo disminuyen los contratos temporales sin explicar que se incrementa la rotación y temporalidad absoluta.

Ejemplos como los citados evidencian la incapacidad de las nuevas medidas adoptadas para ofrecer soluciones al drama de la temporalidad y el desempleo masivo que afrontamos. Pero no nos llevemos a engaño, la contrarreforma laboral no aspira a solucionar el paro o reactivar la economía. Más bien toma en su propio provecho la situación actual para imponer una suerte de estado de sitio laboral con el que satisfacer viejas aspiraciones del poder económico y empresarial.

13 febrero, 2012 / 16:37 h
LA CONTRARREFORMA LABORAL: MÁS DESEMPLEO Y MÁS PRECARIEDAD.
El contenido de la contrarreforma laboral supone facilitar y abaratar el despido, potenciar la inestabilidad en las condiciones laborales y rebajar costes empresariales. Ello nos será justificado con el objetivo de imprimir competitividad a la economía y la creación de empleo. Nada más lejos de la realidad.

Si la regulación de la extinción del contrato vigente hasta el RD-Ley 3/2012 ha supuesto la mayor destrucción de empleo en la historia del Estado español, el facilitar el despido profundizará todavía más esa tendencia. De la misma manera, el desregular condiciones de trabajo, eso que denominan flexibilidad, tampoco supondrá mayor productividad para las empresas. Seguramente provocará que las mismas intenten reducir sus costes a través de la pauperización de las condiciones de los trabajadores y las trabajadoras y no en apuestas por el desarrollo técnico.

Pero lo peor no es que se nos pretenda engañar a la hora de justificar la pérdida de derechos sino que el proceso tampoco generará empleo: la degradación de derechos supone asfixiar económicamente a la clase trabajadora lo cual actúa como un efecto retardante sobre la recuperación económica. Si las medidas tuviesen alguna relación con la crisis, tendrían un carácter temporal, vinculada a la duración de la misma, lejos de ello vienen para quedarse y para consolidar una sociedad que a las insoportables cotas de desempleo deberá sumar una generalización de la precariedad. Doctrina del Shock y relaciones laborales en estado puro

17 febrero, 2012 / 20:36 h
MINIMIZAR EL RIESGO EMPRESARIAL Y LA ESTABILIDAD LABORAL: SIN JUSTICIA NO HAY PAZ
Una semana después de la presentación de la contrarreforma laboral, ningún análisis racional puede cuestionar la profundidad de la misma ni los efectos que sobre el empleo estable supondrá. Los juristas que hacemos de nuestra profesión la defensa de los derechos de los trabajadores y trabajadoras venimos denunciado el carácter de la nueva normativa, las múltiples ilegalidades que supone la misma (contraria a Convenios de la OIT y vulneradora de Derechos Constitucionales) pero nos corresponde sobre todo recordar el carácter tuitivo del Derecho Laboral y la existencia de un Estado social.

Con el RD-Ley 3/2012 se pretende cerrar una etapa desarrollada en gran parte de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, un poco más tardía en el Estado español. La esencia del gran contrato social era que el reconocimiento de derechos fue la contraprestación que los Estados y las patronales realizaban al movimiento obrero a cambio de la paz social. El contrato indefinido como principio, retribuciones dignas, condiciones estables y negociación colectiva permitieron remover parcialmente el desequilibrio de una relación, la laboral, que es desigual. En base a ello se minorizaron las desigualdades y hemos conocido las sociedades más prósperas de la historia de la Humanidad. Quebrado el contrato social, la contraparte debería resituarse y separarse de la concertación social. Al movimiento obrero y sindical le corresponde ahora responder con la misma contundencia y profundidad de los recortes sociales que sufrimos. Lejos de ello, iniciamos otra etapa histórica donde el trabajo se convierte en una mercancía más y no en un marco de derechos y garantías

No pueden hacer desaparecer el Derecho Laboral pero pretenden desnaturalizarlo con dos objetivos muy simples. El primero, la reducción del riesgo empresarial. El consolidar la temporalidad laboral, facilitar el despido y modificar las condiciones de trabajo, responde a una visión mercantilista del trabajo. Utilizar relaciones laborales tan sólo cuando se necesitan, sin asumir riesgos y costes por su extinción o modificación. Así el tan cacareado riesgo empresarial se reduce a la mínima expresión, trasladando el mismo a los trabajadores y trabajadoras. El segundo objetivo, que la crisis la asuman las rentas del trabajo, la clase trabajadora.
Debe respetar el Legislador la legalidad, debe interpretar y defender el iuslaboralismo el Derecho del Trabajo con su orgánica naturaleza y finalidades, pero sobre todo debe recordar el movimiento obrero que históricamente las luchas nos han dado lo que las leyes nos pretenden arrebatar.

Una reforma laboral "clasista"
nuevatribuna.es | Antonio Baylos | 11 Febrero 2012 - 21:04 h.

Ya está aquí la “agresiva” reforma laboral tantas veces anunciada. Se define como “equilibrada” aunque la noción de equilibrio que tienen sus autores dista mucho de la que poseemos los comunes mortales. Es un texto legal que impone elementos centrales de desregulación de las relaciones laborales, acompañada de un profundo rechazo de la acción sindical, lo que efectúa mediante diversas vías. Son las más destacadas el encumbramiento de la decisión unilateral del empresario como fuente principal de determinación de reglas sobre el trabajo en sustitución de la negociación colectiva, el disciplinamiento de los trabajadores en torno a un despido barato y siempre definitivo y a unos contratos con salarios cada vez más reducidos y períodos de prueba larguísimos, la funcionalización de los acuerdos colectivos a la decisión empresarial, y una fortísima reducción del contenido laboral del derecho al trabajo tal como se desprende de su reconocimiento constitucional. Todo ello se justifica mediante el recurso, cada vez menos creíble, a la estimulación del empleo.

Es realmente una norma clasista que impone la confiscación violenta de espacios decisivos de poder contractual colectivo y de derechos laborales básicos

Pese a lo que afirman las autoridades de gobierno, los creadores de opinión afectos y un preámbulo afectado de esquizofrenia legislativa entre lo que afirma y lo que realmente hace, el RDL 3/2012 es realmente una norma clasista que impone la confiscación violenta de espacios decisivos de poder contractual colectivo y de derechos laborales básicos ligados a las garantías de empleo, alterando de forma sustancial la arquitectura de equilibrios que caracteriza la relación entre capital y trabajo, entre libre empresa y derecho al trabajo, y que se corporeiza en la estructura institucional del derecho del trabajo desarrollado en nuestro ordenamiento.

La norma nace acompañada del desprecio a los procedimientos democráticos. No ha respetado el derecho de información y consulta previa con los sindicatos representativos que garantizan tanto nuestro ordenamiento como el europeo en materia de política social, no reúne en absoluto los requisitos de urgente necesidad que la constitución exige para que el gobierno pueda legislar por vía de urgencia, y se ofrece un texto cerrado en el que la hostilidad hacia la acción sindical y las condiciones de empleo y trabajo es su principal característica.

La norma se inserta en un proceso paulatino de deterioro de la estabilidad normativa como base de cualquier política laboral y de la seguridad jurídica derivada. Modifica de forma profunda normas básicas del ordenamiento laboral que ya se habían ido cambiando en un proceso de idas y venidas a partir de mayo de 2010, y en especial supone una modificación sustancial de la Ley 35/2010 y del RDL 7/2011, que constituían el núcleo de la anterior etapa reformadora, con afectación de las mucho más recientes leyes de Seguridad Social y de Jurisdicción Social. Pulveriza por tanto el marco legal que se había ido generando en los últimos dos años con vocación de permanencia. Permanencia que una vez más se pretende definitiva, como señala el preámbulo de la norma, sin que se conciba de forma temporal. Ni un paso atrás en el proceso de desregulación.

La norma desprecia la buena fe de los sindicatos que han desarrollado en el espacio de la autonomía colectiva un diseño de cesiones de derechos mediado por la contratación de sus aspectos concretos –la flexibilidad interna negociada– que está acotado temporalmente hasta el 2014 en razón de unas expectativas razonables de duración de la emergencia económica y social. Por el contrario, la ley hace permanente el contenido del Acuerdo, lo arranca del espacio de la autonomía colectiva y lo desnaturaliza de forma definitiva al eliminar paralelamente los más importantes mecanismos de contratación de la restructuración de empleo y fortalecer doblemente tanto la “decisión empresarial de carácter colectivo” como la decisión unilateral del empresario en la extinción de los contratos de trabajo.

El RDL 3/2012 además, expulsa al convenio colectivo y su función normativa de las condiciones de trabajo de todas las empresas en dificultades económicas, lo que tendrá especial incidencia en las PYMEs. Introduce en el sector público mecanismos de extinción generalizada de contratos sin las garantías colectivas ni de estatuto que antes tenían los trabajadores de aquél. Es hostil al sindicato y a su capacidad de regular colectivamente la situación del empleo. Quiere al empresario como autoridad incontestable en los lugares de producción, en donde se sustituye la procedimentalización y contratación de las decisiones sobre las condiciones de trabajo y las previsiones de empleo por la unilateralidad de la decisión del poder empresarial a la que se dota siempre de carácter definitivo para modificar sustancialmente el contrato de trabajo y para extinguir la relación laboral. El poder contractual del sindicato sólo es aceptado en la medida en que coincida con la decisión del empleador, con su proyecto organizativo y directivo. La decisión empresarial de carácter colectivo es la nueva fuente de creación del derecho en los lugares de trabajo.

Ese autoritarismo normativo doble – en cuanto que ignora los mecanismos de publicidad y debate en la creación de la norma y en cuanto que impone la autoridad incontestable del poder privado empresarial sobre las personas – actúa tanto en la vertiente colectiva como en la individual de garantía de los derechos de los trabajadores. El asociacionismo empresarial ha saludado esta reforma como necesaria y conveniente. De esta manera, reniega expresamente de la vía del diálogo social que parecía haber elegido hace tan sólo unas semanas con la firma del Acuerdo con los sindicatos más representativos.

El RDL 3/2012 genera fuertes dudas sobre la inserción constitucional de algunas de sus prescripciones. Se renuncia implícitamente al papel que el art. 40.2 CE asigna a los poderes públicos de llevar adelante una política orientada al pleno empleo, al anular el sistema de control administrativo y colectivo de los despidos colectivos, y es muy cuestionable que la vulneración del derecho al trabajo mediante el despido sin causa o arbitrario, se regule permitiendo en todo caso al empleador prescindir del trabajador injustamente despedido abonándole una indemnización reducida y limitada que pierde su carácter disuasorio y sancionatorio del acto lesivo del derecho constitucional al trabajo. Por otra parte, la fijación de un período de prueba de un año no sólo descausaliza esta institución – que busca verificar si el trabajador es competente para el trabajo para el que fue contratado - sino que implica una situación en la que se permite el libre desistimiento prohibido en nuestro sistema constitucional. La aplicación que realiza de la irretroactividad de la aplicación de las indemnizaciones reducidas por despido improcedente, de manera que la “rebaja” indemnizatoria comienza a contar a partir del día de publicación de la norma para los despidos de aquellos contratados con anterioridad a la misma, no respeta el principio establecido en el art. 9.3 CE. Es también llamativo la configuración de la "decisión empresarial de carácter colectivo" como una nueva fuente de producción de normas laborales que se opone de forma excluyente a la negociación colectiva, que es el instrumento que privilegia el art. 37 CE para la regulación de las condiciones de trabajo y de empleo, y que se relaciona directamente con la libertad de acción sindical protegida en el art. 28 CE. Y así sucesivamente.

Este Real decreto de urgente necesidad– cuyos contenidos concretos ya irán siendo analizados en su momento – nos aboca a una situación irremediable de conflicto social, lo que sin duda ha sido valorado como un coste asumible por parte del gobierno legislador. Quizá un daño colateral que se tiene ya amortizado, como se dice en la jerga al uso. Una situación de conflicto difuso, no sólo en el enfrentamiento frontal entre el sindicalismo y el poder público, sino en una buena parte del panorama económico y social tanto en el sector público– donde la extinción de los contratos por razones presupuestarias y de liquidez de las administraciones va a abrir la espita de los despidos en masa –como en el sector privado. Que el gobierno haya sacado la norma adelante tal como se comprometió ante los reguladores del mercado financiero europeos y la defienda con convicción fanática es una cosa, y otra es comprobar que esta (des)regulación ha hecho las delicias de los representantes de la (cada vez más) libre empresa y de la economía del mercado.

Una parte del empresariado exulta ante esta pieza legislativa expresiva de un clasismo que hace mucho tiempo no veíamos en el BOE

Llevados por la satisfacción que produce ser reconocidos públicamente como clase dirigente que normativiza sus deseos e intereses de forma directa, sin mediaciones ni contrapesos, demuestran su seguridad aplastante en la violencia del poder privado como única forma de encarar la regulación de las relaciones de trabajo. Confían plenamente en que el sindicalismo confederal, el único realmente organizado en los lugares de producción y en enclaves sociales muy relevantes, sea incapaz de mantener una conflictividad permanente que ponga en riesgo sus expectativas de negocio y su tasa de beneficio. Piensan posiblemente que será el espacio de la política de gobierno y el del sector público el que las fuerzas sindicales recorrerán prioritariamente, de forma que el sector privado, sobre el que pesan como losas los más de cinco millones de parados, será poco o apenas alcanzado por esa onda conflictiva. El desgaste de la reforma lo endosan por tanto al gobierno legislador y a sus recortes en el sector público, sin que se genere demasiado coste en el sector privado. Ya veremos si estas razonables previsiones se cumplen en la realidad ante una fractura social tan intensa como la que se está generando con la cooperación necesaria del empresariado español.

La situación es crítica, y la acción de los poderes públicos como salida de la crisis demuestra su alineamiento claro con el privilegio económico y el autoritarismo no sólo económico y empresarial. Ahora comienza una larga marcha de conflictividad y de crítica política que tiene que culminar en el medio plazo con la abolición de esta normativa clasista. Y que sin duda conducirá a la renovación de la acción sindical, de las formas de conflicto y de incidencia social de los sujetos sociales, en torno a un proyecto de regulación garantista de los derechos de los trabajadores y trabajadoras de este país. Hay que confiar en que en esa dirección los partidos políticos progresistas cooperen eficazmente. El camino es largo y es difícil, no sólo porque son muy fuertes las posiciones de los adversarios y la desigualdad entre las partes de la confrontación se incrementa cada día, sino porque el contexto cívico es muy estrecho y las carencias en la difusión generalizada de un pensamiento democrático se revelan decisivas en orden a dar la vuelta a esta situación de opresión y de domesticación del trabajo como punto de partida de una sociedad más igualitaria